AUTORRETRATOS

Autorretrato 2001
Jaén, la frontera insomne
Autorretrato 2011

Hace una década que escribí la autobiografía que figura arriba y la acabo de leer sin extrañeza, como un ciego que se palpara la cara y reconociera cada uno de sus rasgos. Decían los que tienen una voz de las que se recuerdan –Borges o Juan Ramón Jiménez- que somos un yo sucesivo, matriuskas, círculos concéntricos adensándose en un mismo tronco, y de ese modo yo llevo dentro al que fui ayer, queriéndolo, aceptando a quien firmó aquella autobiografía que me pidió Planeta como parte de la tenaz promoción de su premio, y que publicó el suplemento Blanco y Negro.

Al leer aquel autorretrato, he podido ver otra vez a la mano que lo escribió y que ahora podría agregar solo algunos pormenores, quizá redundantes. Puedo también decir que en aquella ocasión no inventé mi vida. Tampoco lo haré en esta ocasión, porque percibo como una esforzada causa casi digna de compasión esa tendencia de muchos escritores a fabricar, igual que si publicitaran un logo, su nombre.

De todas formas, sé que este texto se hará público, y esto impone siempre la disyuntiva de elegir la recreación de una leyenda menor –que es lo habitual, como comenté arriba- o el otro camino por defecto de la autocensura. No hay, no creo que haya, ecuanimidad en la mirada sobre uno mismo. Así que, entre exagerar mis lados angélicos o perversos, o escamotear información, prefiero lo segundo.

Pienso que vivir es elegir porque la vida es un viento caprichoso, a veces intempestivo, y hay que decidir entre habilitarse un refugio o caminar en medio de brisas o huracanes. Yo, no podría ser de otro modo, he hecho ambas cosas, pero tendiendo a ir cara al viento, resistiendo sus embestidas y afirmando los pies para no dar ni un paso atrás en las causas que considero justas.

Casi puedo decir que mis filias son originadas por mis fobias. Como me repelen la codicia, la imbecilidad y los muchos modos de egoísmo, defiendo en consecuencia la equidad, lo razonable, lo solidario. Son grandes palabras, ya lo sé. Sin embargo procuro hacerlas mías, si bien, es verdad, sin el punto de enterizo heroísmo con el que viví esas palabras durante la resistencia al negro pisotón de la bota del franquismo.

Exageraría, pero no en exceso, si dijera que la fobia a la literatura industrial o el cansancio ante ese aluvión de textos ya leídos sin necesidad de leerlos, es lo que ha marcado mi modo de concebir la literatura. Comprendo a la novela comercial, pero la leo lo mínimo para conocerla porque no le concedo rango literario. Si echo tiempo y preocupación a la escritura, no es para trillar la misma prosa ya tantas veces trillada que nos sirve sin desmayo el mercado. Mi intención es hacer literatura, intentarlo. Y no pierdo de vista que la puerta de la literatura la abre el uso de una lengua que, sin agotarse en la mera funcionalidad, cree nuevos significados por sí misma y no solo como resultado final de la obra.

Mi filia hacia el dibujo y la pintura me vienen desde la infancia, y no ha andado nunca demasiado alejada de esa otra filia literaria. Se puede pintar con palabras o escribir con imágenes. Así que pinto un poco como escribo, tratando de renovar la realidad en el papel o en el lienzo. Si soy un poco más concreto, añadiré que la realidad tiene siempre un punto de fuga, de locura o de incorporeidad, y que el arte tiene que entrar por esos resquicios de la realidad para, como si fuese un caballo de Troya, apropiársela.

Reunir en un cuaderno dibujo y literatura, que es lo que hago cuando tengo la oportunidad de hacer algún viaje moroso, me parece un auténtico placer, un raro privilegio.

Todavía podría añadir que otra filia central en mi vida, y que en gran parte la explica, es la enseñanza. La curiosidad intelectual está en la base de ella. Ese acicate, esa brújula, es la que ha tirado siempre –aún ahora que ya no doy clases- de lo que yo soy.

Por lo demás, si enumero algunas de mis afinidades, diré que me gusta sobre todo mi mujer y, como rodeándola a ella, un montón de cosas menores. Me gustan las ciudades que han sabido crecer, los amigos, el café, el trabajo bien hecho, el intenso sabor del aceite extraído de la aceituna picual, la lluvia, el cine, el tabaco, las plantas, la soledad buscada y todo lo imprevisible que no tenga dientes. Me gusta también reducir mis fobias justo a las imprescindibles, es decir, a lo que impide que la vida sea equitativa y libre. Por cierto que con alguna excepción, porque entre mis fobias se cuentan también la de hacer ejercicios como este que hago ahora: escribir un autorretrato.

Una autobiografía sumergida (Cuídate de los poemas de amor)

Escribí estos cuentos en distintos años y en lugares tan propicios para la escritura como una buhardilla gélida de Granada o un chiringuito de Almería donde el sol me deslumbraba y el ruido de los bebedores de cerveza o el color a bronceadores parecían aconsejarme el urgente final de lo que estaba escribiendo. Todos estos relatos tienen para mí mucho de autobiografía sumergida en el sentido de que cada historia lleva alrededor un momento de extrañeza y un determinado impulso que me hizo coger cualquier cosa donde se pudiera escribir, un cuaderno, un resguardo del cajero automático o la primera página de un libro, para anotar unas frases o una simple impresión que se transformaría, a veces muchos años más tarde, en los textos que figuran en teste libro.

Cada una de estas historias arrastra otra que tiene que ver conmigo, y no me refiero sólo al poder de evocación, a la capacidad de devolverme a quién era yo cuando las escribí, sino al modo en que luego me he relacionado con ellas, sin poderlas olvidar, y me han quizá condicionado la mirada sobre las cosas. Como si las palabras escritas, más que filtrar lo vivido, tuvieran capacidad de condicionarte el futuro. O como si lo reelaborado con la escritura permaneciera activo dentro del escritor y no dejara ya nunca corregir a la realidad.

En la prehistoria de estos relatos aparecieron esos coletazos de viento que soplan en cualquier lugar y te advierten de que algo va a suceder y de que no puedes perderte el espectáculo. Aunque sería mejor llamarlos avisos de que estás ante una ventana, en un día especialmente despejado, y lo que estás viendo u oyendo tiene especiales claroscuros. Y que no estaría mal intentar retenerlo

Por lo demás, esta antología tiene una involuntaria unidad temática. Quiero decir que, al reunir los cuentos para este volumen, encontré un hilo que, a través de los años, los había enhebrado: en todos ellos, el amor a los afectos se viven entre chispazos de distorsión y con consecuencias en ocasiones duras o perturbadoras o, a veces, simplemente ridículas. De ahí, el título que pretende recoger esa deuda que tiene el deseo con nosotros, una deuda que, sin embargo, en ningún caso podrá igualar a la que hemos contraído nosotros con el deseo.

Jiménez, el Espeso figura en el libro a causa de que constituyó un antiguo sobresalto literario. Gané con él mí primer premio, un galardón que estribaba en una pluma de ave, labrada en oro. Todo un orgullo, sobre todo, a los veinte años.

Lo malo es que me lo comunicaron a voces, cuando yo, dentro de mí tristísimo uniforme de soldado, estaba en formación, unido por la geometría y por el absurdo a mis compañeros del Campamento de Cerro Muriano.
El teniente de la compañía recibió un telegrama procedente del Ateneo de Málaga, y el hombre consideró su deber de acudir a la explanada donde hacíamos instrucción y pronunciar mi nombre en voz alta.

Mientras yo salía de entre las hileras de uniformes, el oficial esgrimía en el aire el telegrama y se mostraba tan contento de darme la noticia que casi me la chilló metros antes de lo necesario. El resultado fue un revuelo que me acompañó unos días, una charla inverosímil que les di a mis compañeros sobre el Poema del Mío Cid y una cena en el hotel Palace de Málaga, donde no sé si fue a causa del modo en que Alfonso Canales leyó mi cuento o tal vez porque estábamos ya en la sobremesa y la cena fue copiosa y bastante alcohólica, pero el hecho es que se produjo un emocionado lagrimeo en algunos de los asistentes que me dejó -y aún me deja al recordarlo- perplejo. De todos modos, al día siguiente, me sentí con franquicia de escritor y Málaga me pareció más azul que nunca.

Ese relato se lo debo a mi padre. Durante la Guerra Civil, lo encerraron en la cárcel de su pueblo por el mero hecho de ser estudiante de medicina y, a su vez, el hijo del médico. Oía mi padre llamar a los condenados desde la penumbra del calabozo con la conciencia de que un nombre era igual a otro y todos juntos, nada. A él le escuché en varias ocasiones el terror, que siempre me pareció inacabable, ante la muerte fácil y gratuita; a él le devuelvo, recreado, lo que me contó.

Un alfiler en el corazón, Tardes de domingo y La estrategia del pescador surgieron en ciudades y circunstancias concretas, pero las borré o las difuminé lo suficiente para que lo accidental no estorbara la idea que me transmitieron y yo quería transmitir; por lo demás, mezclé y ajusté fragmentos para hacerlos confluir en lo esencial y convertirlos en historias casi sin más necesidad que la de ponerlas una voz y desbrozar situaciones repetidas reduciéndolas a una sola.

Un hecho mínimo como un poema de Aleixandre, explicado por un interino en la facultad de Filosofía y Letras de Granada, tardó muchos años en convertirse en un cuento. Sólo lo pude escribir cuando me pidieron una colaboración en homenaje al poeta del 27 y, sin conciencia de haberla recordado antes, recuperé una remota mañana de primavera, en la que a la salida de clase, por la calle Pontezuelas, comentaba con dos amigos, entre ellos con Joaquín Sabina, las bondades del poema que acabábamos de conocer. Es un fragmento de esa mañana lo que se narra en Cuídate de los poemas de amor, aunque la profesora que la protagoniza era, en realidad, un sustituto nervioso y narigudo, cuyo nombre he olvidado.

El mito de Anteo me dio vueltas en la cabeza durante los tres años que estuve dando clases a los emigrantes en Bélgica. Los trabajadores españoles allí tenían mucho de seres que no pisaban el suelo porque la añoranza y la aculturación los hacía vulnerables, sentimentales y dubitativos, como si hubieran perdido el antiguo vigor que tuvieron cuando estaban asentados en su tierra. El protagonista de Anteo era de la provincia de Jaén y fue una especie de hombre-árbol, de hombre-olivo, que, mientras flotaba en el aire enrarecido de Vilvoorde, murió imaginando el lugar de Mengíbar donde recuperaría ese oculto esplendor que se transmite al cuerpo cuando pisa una tierra que le concierne.

Trenes fue premio en un certamen organizado por el ayuntamiento de Villa del Río (Córdoba). Su origen está en un viaje que hice en un lento expreso a Madrid. Cerca de mi asiento, un muchacha miraba con melancolía por la ventanilla. Se limitaba a eso, a imponer su ausencia sin apenas mover los ojos empecinados en alguna distancia. Durante aquel viaje, yo estuve leyendo un ensayo sobre los maquis, y las chicas tenía tal aire de desamparo que no me costó trabajo imaginarla dentro del libro que tenía entre las manos.

Lo que se narra en La reina del carnaval pudo haber sucedido. En todo caso, un alumno mío enfermó de amor una noche de los carnavales de Cádiz. La ensoñación le duró varios meses y lo llevó a componer un puñado de poemas y canciones, y no con mal pulso, en homenaje a una visión: una desconocida que se le cruzó una noche, en circunstancias muy parecidas a las que en ese relato aparece. Sucedió también que su obcecación le hizo estar seguro de que no tardaría en reencontrarse con esa chica, de la que casi nada sabía, en cualquier calle de Sevilla. El resto es una pura maldad literaria, que mi alumno en absoluto merecía.

Cena de Reyes y Un mar de vino tienen un origen semejante, aunque son dos historias de borrachos que derivaron hacia tonos muy diferentes. La segunda surge de un tipo tan ebrio como divertido con quien me topé en una playa de Almería. Esa historia la escribí enseguida de un tirón, sentado en una mesa de un chiringuito en un día de muchos grados y de un sol tan duro que el papel relumbraba. Después la extravié en una carpeta y no pude recuperarla hasta hace poco. En cambio, Cena de Reyes me ha sido siempre más cercana y, desde que obtuvo el premio Ciudad de Martos, la he revivido en más de una lectura.

En realidad, no era día de Reyes pero sí de navidades cuando, en un bar de la plaza de la Encarnación, en Sevilla, observé algo que me impresionó. Tomaba un café cuando, enfrente de mí, al otro lado de la barra, un hombre solo estaba llorando. Era calvo, se encogía sobre una copa de brandy y lloraba sin pudor, de ese modo silencioso y tan roto que ignoraba a los testigos y parece no tener regreso.

Me acerqué a él y mi atreví a preguntarle si necesitaba ayuda. Me contestó apenas levantando la cabeza, los ojos como rendijas, y un balbuceo de agradecimiento. Unas horas más tarde, volví a verlo dando bandazos por la calle Sierpes: Seguía solo, flotando baja su inmenso jersey rojo, produciendo a su paso un movimiento de asombro en los transeúntes. Intuí qué tipo de víctima era aquel hombre y escribí Cena de Reyes para confirmarlo.

Detrás de Imágenes y de El pintor inglés hay amigos o conocidos, si bien dotados en la ficción de una intensidad que afortunadamente nunca poseyeron, a los poseyó, en sus vidas. Si preciso un poco más, habría que decir que los subrayados de la literatura provienen de pasiones que, cuando me las contaron, brillaron por segundos con la convulsión que reflejé en los cuentos y que todo lo demás lo puso mi afición irredenta a la pintura.

El cuento que titulo El limpiador de cristales me vino de una sola imagen: un hombre colgado de un arnés ante la fachada de un edificio de vidrio y acero. Fue en una tormentosa tarde madrileña y parecía absurdo el gesto inútil de limpiar los cristales bajo las primeras gotas de lluvia. Por lo demás, la soledad de aquel hombre estaba magnificada por el hecho de estar suspendido en la tarde, ante una inmensa superficie de vidrio hermética o vedada, de la que apenas podría tener más noticas que las de su propio reflejo.

Este relato creció a diez o doce páginas y lo reescribí varias veces. Todavía tuvo más adiciones cuando una amiga nada fantasiosa, que trabajaba en un despacho de abogados de Barcelona, me contó una conato de relación a través de los cristales que la separaban de la oficina contigua. De ese modo el cuento se me ramificó por donde él quiso hasta que decidí que debería dejarlo en poco más que una metáfora.

El día que matamos a Salman Rushdie recibió un accésit en los premiso Grabriel Aresti, que concede el ayuntamiento de Bilbao. Casi no haría falta decir que pude escribir este cuento a partir de viejos recortes de presa que un día decidí utilizar. Sin embargo, lo hubiera escrito de otra forma a no ser por una conversación que no tuve más remedio que oír en el restaurante del Parador de Úbeda.

Unas viejecitas, vecinas de mesa, me amenizaron una cena con la que quise compensar una noche muy lluviosa en una ocasión que me desvié a mi ciudad para dormir. Eran argentinas y estaban llenas de una paralela avaricia que se reflejaba en el modo de discutir sobre una herencia en disputa. Su conversación ondulaba pero, cuando se metía en las tierras y en las casas que esperaban recibir, se llenaba de una tenacidad malhumorada, que las hacía ávidas y vivaces, casi jóvenes, mientras se recrecían sobre las sillas y se amonestaban la una a la otra para acabar bajando la voz y solicitándose mutuas disculpas.

Me sorprendió su incapacidad de olvidar la herencia, sus muchos años, en apariencia dulces, pero instantáneamente agrios al contacto con el dinero. Cuando las vi salir del restaurante, las pensé apacibles, educadas, capaces de matar.